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Entrevista al director Chema García Ibarra (Sección Oficial de Cortometrajes)

Con El ataque de los robots de nebulosa-5, su primer corto, triunfaba en el Festival de Sundance. Su último trabajo, La disco resplandece, llega a nuestro festival.

Con tu primer corto El ataque… demostrabas que no hacen falta muchos medios para llegar hasta un festival como Sundance. ¿Qué recuerdas hoy de aquel éxito? ¿Qué significó?

Para mí, principalmente, significó poder librarme de la siniestra oficina en la que tenía que pasar la mayor parte de mi tiempo, en un polígono industrial habitado por “entrepreneurs», con una única ventana que daba al interior de un almacén de pieles y sometido a los vaivenes emocionales de un jefe perturbado; significó que, desde ese momento, pude vivir de algo tan raro como «hacer películas». Ese ha sido el verdadero gran éxito para mí y me siento muy agradecido a esa película.

 

En alguna ocasión has declarado que cada nuevo trabajo sería muy parecido al anterior, que seguiría las mismas pautas y que aquel que esperara otra cosa, se equivocaría. Vemos tu último corto, La disco resplandece y constatamos que cumples tu palabra. ¿Cuáles son los esquemas fundamentales en los que te basas?

Hasta ahora (y de momento no parece que vaya a cambiar) siempre han sido películas de ciencia ficción hechas en entornos domésticos, en la ciudad de Elche o alrededores, interpretadas por gente no relacionada con el cine, con una narrativa muy básica, el menor número de planos posible y en su mayoría generales, sin banda sonora musical, tipografías sencillas y pequeñas en los créditos y bastante humor negro.

 

Corto a corto tu trabajo se puede ver como una especie de work in progress inacabable, un diálogo contigo mismo que avanza en cada película girando sobre una cuestión. ¿Cuál dirías tú que es esa cuestión?

Me interesa mucho el MISTERIO (tanto que hasta titulé así una película). Me interesa, sobre todo, cuando se convierte en algo independizado de la resolución. El Misterio en sí mismo, la sensación de percibir algo oculto tras las imágenes y no llegar nunca a verlo.

 

Parece que en tus últimos trabajos apuestas por relatos más abiertos que en tus primeros cortos. En La disco resplandece un grupo de chicos que hablan de sus cosas mientras recorren distintos lugares de su entorno cotidiano. No hay meta ni objeto final preciso. ¿A qué se debe esa evolución?

Es sólo un camino diferente que me apetecía caminar. Una película donde no sucede nada, o mejor dicho, donde no hay “acontecimientos”. Hace muchos años, cuando empecé a obsesionarme con Buñuel, leí la entrevista con Bazin en la que hablaba de los momentos “deme una cerilla”. Momentos en los que no sucede nada relevante, que él ejemplificaba en un personaje que le pide una cerilla a otro. Me gustó mucho esa respuesta y siempre la he tenido presente y años después vi en este proyecto la oportunidad de mostrar únicamente momentos “deme una cerilla”. Ha sido algo muy placentero de rodar. Pero a mi me interesa mucho la narración, y creo que el futuro, la auténtica ”evolución”, será la combinación de la trama con momentos “deme una cerilla».

 

El humor es un elemento imprescindible en tus películas. ¿Qué papel juega en tu trabajo?

El humor es un elemento imprescindible en mi vida, y es algo en lo que con el tiempo me he vuelto más radical. No me interesa nada que no contenga humor. No me interesa tomarme el cine en serio, ni como espectador ni como cineasta. No me interesa la solemnidad, lo intencionadamente poético, lo intenso. Me gusta que lo poético se genere espontáneamente a partir de la chorrada.

 

Tu trabajo ha recibido el reconocimiento de festivales internacionales pero, cuando vemos tus cortos, uno siempre piensa que debe ser complicado entender el verdadero sentido de ciertos detalles, en la manera de hablar, en los comportamientos que retratas. ¿Cómo crees que se ven tus películas fuera de casa?

¡Yo también he pensado eso siempre! El acento murciano no se puede subtitular. La expresión “Acho, tío, qué guapo” fue traducida como “amazing” en la versión subtitulada de La disco resplandece, mira qué palabra más pobre. Pero es inevitable: tratar de simular una jerga inglesa “de barrio” en los subtítulos me parecía ridículo. Además del lenguaje, hay elementos ambientales que creo que sólo van a percibirse en todas sus dimensiones por un espectador de por aquí. Un señor de Valladolid, al ver la discoteca cerrada, pues la toma por eso mismo y punto. Me gusta mucho que la película se ponga en Valencia porque creo que aquí se va a percibir que una discoteca cerrada en el levante español es algo que encierra fantasmas de un pasado particular.

 

¿Cuáles dirías que son los referentes en los que te inspiras?

Últimamente me interesan mucho las películas hechas en los espacios marginales, Y NO, con eso no me refiero a la etiqueta del otro o el nuevo cine español, sino a espacios marginales REALES. Hay un hombre en Alicante que lleva 25 años tratando de hacer un largometraje bélico con sus propios medios. Empezó a grabarlo en VHS en los años 90 y hoy sigue intentando montar una gran batalla con miles de extras; hay otro en un pueblo de aquí al lado que ha hecho un corto de terror, con monstruos y asesinatos, en casas de sus amigos y con sus colegas como actores. Es malísimo y maravilloso. Esas manifestaciones puras del cine, hechas desde la precariedad absoluta y libres de cualquier lazo industrial son las que más me interesan ahora. Arte marginal o “Arte limpio”, no afectado por los circuitos artísticos o cinematográficos.

 

Siempre trabajas con actores no profesionales. ¿Cómo los seleccionas?

Por lo general me interesa lo que transmita físicamente y que sea alguien con quien me apetezca convivir durante el rodaje. Es decir, nunca voy a seleccionar a alguien que lo haga genial pero que sea gilipollas. En los rodajes quiero estar rodeado de amigos, nada de gente chunga. ¡Eso te da la seguridad de ver sólo a buena gente en la pantalla cuando veas mis películas!

 

¿Qué te inspira un nuevo proyecto? ¿Cómo funciona tu mente en ese sentido?

Muchas de mis películas han surgido de situaciones concretas que quería rodar: un neonazi yendo a la playa, un astronauta sacando la basura, una montaña que se vuelve naranja por una de sus caras cuando le da la luz de la tarde. Son cosas muy específicas que acaban generando una película a su alrededor. El guión de largometraje que estoy escribiendo tiene su origen en una de esas situaciones imaginarias: una niña ha desaparecido y esa niña tiene una hermana gemela. En una televisión local hablan de la desaparición y en lugar de enseñar fotografías o grabaciones para identificarla, enseñan a la hermana, una niña idéntica, vestida con las mismas ropas y con el mismo corte de pelo que la desaparecida. “¿Han visto ustedes a una niña igual que esta?”. Quizá el propio desarrollo del guión fulmine esta situación, pero el origen de la película es la necesidad de rodarla.

 

Se dice siempre, quizá como un cliché, que el corto es un formato más, como el cortometraje, pero ni espectadores ni creadores cumplen siempre con esta idea previa. En tu caso, el corto sí es un formato con entidad. ¿Por qué recurres a él?

Yo hace mucho que intento referirme a lo mío como “películas”, no “cortometrajes”. Al final, se trata de una película cuya duración está determinada por sí misma y no por la imposición comercial, estandarizada, de los 90 minutos. Creo que eso de terminar la película cuando a uno que le da gana y no cuando el mercado siente que tiene los minutos suficientes para cobrar una entrada y hacer un número determinado de pases hace que sean películas más libres.